martes, 17 de noviembre de 2015

Las “curaciones milagrosas”: ¿son un don de Dios?


En algunos países es común ver a peregrinos viajando a santuarios donde, supuestamente, otras personas se han restablecido de enfermedades incurables. En otras partes del mundo hay curanderos que afirman sanar a la gente usando poderes sobrenaturales. Y en muchos lugares se celebran reuniones religiosas en las que los eufóricos asistentes sueltan sus muletas o saltan de su silla de ruedas, asegurando haber sido curados milagrosamente.
Lo más curioso es que la mayoría de los que llevan a cabo tales curaciones pertenecen a diferentes religiones, y no es extraño que se acusen unos a otros de ser falsos profetas, paganos o apóstatas. Ahora bien, ¿es lógico esperar que Dios emplee a todas esas personas y organizaciones, muchas de las cuales están enfrentadas entre sí, para realizar milagros? La Biblia dice que “Dios no es Dios de desorden, sino de paz” (1 Corintios 14:33). Con todo, muchos afirman que Dios les ha concedido el don de realizar “curaciones milagrosas” en el nombre de Jesús. ¿Será cierto eso? Para hallar la respuesta, veamos cómo sanó Jesús a las personas cuando estuvo en la Tierra.
Las curaciones de Jesús
Hay muchas diferencias entre las curaciones de Jesús y las que efectúan los sanadores de la actualidad. Para empezar, Jesús curaba a todos los que acudían a él, y no solo a unos pocos seleccionados de entre la multitud. Además, las personas quedaban totalmente curadas, casi siempre de forma inmediata. La Palabra de Dios dice: “Toda la muchedumbre procuraba tocarlo, porque de él salía poder y sanaba a todos” (Lucas 6:19).
Otra gran diferencia es que los sanadores actuales no siempre logran curar al enfermo, a quien en esos casos suelen culpar por su falta de fe. Por el contrario, Jesús curaba a todo el que se proponía, sin importar que todavía no hubiera puesto fe en él. En cierta ocasión, por ejemplo, vio a un ciego y decidió devolverle la vista. Después de hacerlo, le preguntó: “¿Pones tú fe en el Hijo del hombre?”. “¿Y quién es, señor, para que ponga fe en él?”, contestó el hombre que había sido curado. Entonces Jesús le dijo: “El que habla contigo es ese” (Juan 9:1-7, 35-38).
Ahora bien, si tener fe no era un requisito para que Jesús sanara a los enfermos, ¿por qué solía decirles: “Tu fe te ha devuelto la salud”? (Lucas 8:48; 17:19; 18:42.) Con esas palabras, Jesús les indicó que se habían curado gracias a que su fe los impulsó a acercarse a él; en efecto, si se hubieran negado a acudir a Jesús, habrían perdido la oportunidad de curarse. Pero en realidad no era su fe lo que los curaba, sino el poder de Dios. Hablando sobre Jesucristo, la Biblia señala: “Dios lo ungió con espíritu santo y poder, y fue por la tierra haciendo bien y sanando a todos los que eran oprimidos por el Diablo; porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).
Por otra parte, el dinero suele desempeñar un papel importante en las supuestas curaciones modernas. De hecho, estos religiosos son bien conocidos por su habilidad para obtener fondos. Por ejemplo, se sabe que un telepredicador conocido en todo el mundo recaudó 89.000.000 de dólares en un solo año. De igual modo, muchas confesiones religiosas obtienen cuantiosos beneficios gracias a los peregrinos que viajan a los santuarios para curarse. ¡Qué diferente fue Jesús! Nunca cobraba a las personas a las que curaba; lo que es más, en cierta ocasión hasta les proporcionó comida (Mateo 15:30-38). Y cuando envió a sus discípulos a predicar, no solo les dijo que curaran enfermos, resucitaran muertos y expulsaran demonios, sino que también les ordenó: “Recibieron gratis; den gratis” (Mateo 10:8). Ahora bien, ¿a qué se deben todas estas diferencias entre Jesús y los sanadores modernos?
El verdadero origen de estas “curaciones”
A lo largo de los años, muchos profesionales de la salud han investigado los “milagros” de los sanadores. ¿Y qué han encontrado? El diario londinense The Daily Telegraph cita la conclusión a la que llegó cierto médico inglés tras veinte años de investigación: “No existe ni una sola prueba médica que confirme los informes carismáticos de curaciones milagrosas”. A pesar de todo, muchas personas creen sinceramente que han sido curadas gracias a una reliquia, un santuario o un sanador. ¿Qué hay de ellas? ¿Existe la posibilidad de que hayan sido engañadas?
Pues bien, en el conocido Sermón del Monte, Jesús predijo que algunos dirían: “Señor, Señor, ¿no [...] ejecutamos muchas obras poderosas [en tu nombre]?”. Pero su respuesta a estos falsos representantes suyos sería la siguiente: “¡Nunca los conocí! Apártense de mí, obradores del desafuero” (Mateo 7:22, 23). Si el poder de estos practicantes de la maldad no vendría de Jesús, ¿de dónde procedería? El apóstol Pablo reveló que sería fruto de “la operación de Satanás”. Solo así podrían realizar “toda obra poderosa y señales y portentos presagiosos mentirosos, y [...] todo engaño injusto” (2 Tesalonicenses 2:9, 10).
Además, ninguna curación realizada con reliquias, imágenes religiosas u objetos similares puede proceder de Dios. ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios ordena claramente a los cristianos que “huyan de la idolatría” y que ‘se guarden de los ídolos’ (1 Corintios 10:14;1 Juan 5:21). Es evidente que los llamados milagros de curación no son más que otra de las trampas del Diablo para alejar a la gente de la religión verdadera. No en vano, la Biblia nos advierte que “Satanás mismo sigue transformándose en ángel de luz” (2 Corintios 11:14).
¿Por qué curaban Jesús y los apóstoles?
Las curaciones milagrosas que aparecen en las Escrituras Griegas Cristianas dejaron claro que Jesús y los apóstoles habían sido enviados por Dios (Juan 3:2; Hebreos 2:3, 4). Asimismo, servían para dar peso a su mensaje, pues la Biblia dice que cuando Jesús “recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas y predicando las buenas nuevas del reino”, también iba “curando toda suerte de dolencia” (Mateo 4:23). Además de curar a las personas, Jesús alimentó a multitudes, controló las fuerzas de la naturaleza y resucitó muertos. Sin duda, todos estos milagros fueron auténticas buenas noticias, pues demostraron lo que él hará por los humanos fieles cuando el Reino de Dios gobierne la Tierra.
Ahora bien, todo indica que esas obras milagrosas —o dones del espíritu— dejaron de realizarse después que murieron Jesús, los apóstoles y las demás personas que habían recibido dichos dones. El apóstol Pablo escribió: “Sea que haya dones de profetizar, serán eliminados; sea que haya [dones de hablar en] lenguas, cesarán; sea que haya conocimiento [revelado por Dios], será eliminado” (1 Corintios 13:8). ¿Por qué serían eliminados? Porque una vez cumplido su objetivo —demostrar que Jesús era el Mesías y que la congregación cristiana contaba con la aprobación divina—, las curaciones y otros dones ya no serían necesarios.
Entonces, ¿nos benefician de algún modo en la actualidad las curaciones que Jesús realizó en el pasado con el poder de Dios? Por supuesto que sí. Nos hacen pensar en el tiempo en que las profecías bíblicas llegarán a cumplirse en sentido físico y espiritual. Si ejercemos fe en Jesús y obedecemos sus enseñanzas sobre el Reino de Dios, veremos el día en que nadie tendrá razones para decir: “Estoy enfermo” (Isaías 33:24; 35:5, 6; Revelación [Apocalipsis] 21:4).